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	<title>Urban Pets &#187; historia de consultorio</title>
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	<description>Revista de mascotas</description>
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		<title>La Negra</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Jun 2016 14:00:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Susana cavallero]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Doc's]]></category>
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		<category><![CDATA[historia de consultorio]]></category>
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		<category><![CDATA[Susana Cavallero]]></category>

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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/06/Sin-título-9-150x150.png" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Sin título 9" style="margin-bottom: 15px;" /></div>Después de un gato viejo y  maloliente yo deseaba un caso agradable. El matrimonio de mediana edad llegó con una lindísima bóxer dorada.  — ¿Y esa preciosura dorada, como se llama?  — Negra.     Ese día la vacuné sin problemas y los dueños quedaron contentos de tener una veterinaria de cabecera cerca de su casa. Pocos días más tarde me llamaron  para que fuera al domicilio.   —  No sabemos qué le pasó, pero no nos animamos a sacarla a la calle: ¡está hecha un monstruo!  Toqué el timbre, desde un jardín trasero llegó la Negra como una tromba, felicísima de verme: “¡Al fin un paciente que no me guarda rencor por los pinchazos!”   Cuando logré que se calmara un poco, comprobé que el labio derecho estaba rígido y  tampoco dominaba la lengua y respiraba resoplando trabajosamente.     —Debe ser una picadura—arriesgué—  Y  le inyecté un corticoide. Me despedí asegurando que estaría mejor en dos horas.   A la noche recibí un informe alarmante, al rato de la aplicación había mejorado, volviendo casi a la normalidad, pero ahora estaba peor que antes respirando con dificultad y babeando.    Volví. Esta vez no hubo saludos. La encontré asustada, luchando por respirar.    Los dueños desconfiaban de mi diagnóstico,  inclinados por la hipótesis de  un golpe. — ¡Es tan torpe! Siempre se lleva todo por delante, dice mi hijo que se golpeó la cara con la mesa ratona.    Al revisar el interior de su bocaza llena de saliva viscosa, encontré múltiples manchitas rojas. Eran piquetazos múltiples y cada uno producía una inflamación alrededor del lugar donde el insecto había inoculado su pequeña dosis de veneno.   En ese momento, la Negra se levantó y trotó tambaleante hacia el jardín. La seguí y tuve la respuesta y el diagnóstico al mismo tiempo.   El césped  estaba surcado por una línea negra que culebreaba hasta las plantas del fondo; la conocida columna de hormigas.    La Negra, resoplando, se abalanzó sobre el caminito de insectos y plantando su lengua ya insensible barrió de un solo lengüetazo  medio metro de hormigas. Era clarísimo que el estado de su cara y la dificultad para respirar eran la consecuencia de las numerosas picaduras. Lo raro es que ella persistiera en su anómala costumbre. La Negra era una reincidente.       — ¡Ah, sí! Siempre se come las hormigas, pero no le pasa nada…— me contestaron con naturalidad los dueños.      Otra dosis de antiinflamatorio y reclusión en el interior fueron las indicaciones esta vez.  A la otra mañana me informaron que la Negra ya estaba bien.  “Cuidado con las hormigas” les advertí, asegurándoles que eran la causa del problema.       Al mes, estábamos exactamente en la misma situación, la Negra había atacado a la formación de hormigas, a la vista de la gente que tomaba mate. Increíblemente, no se lo habían impedido, más bien se mostraban orgullosos y divertidos de que había barrido mucho más camino de hormigas  que la vez anterior. Al rato ya tenía la cara deformada. Sin preocuparse demasiado me llamaron para que le aplicara la mágica inyección.     Esta vez, me explaye en lo peligroso de su conducta y pedí que combatieran las hormigas.     Dos días después recibí un llamado nocturno. Esta vez sí que estaban alarmados; La Negra estaba muy mal.  Y  no había comido hormigas, con seguridad yo había errado el diagnóstico. Dejaron bien claro que me habían llamado a mí,  porque no consiguieron  ningún otro veterinario de noche.     Antes, les había parecido cómica la adicción de La Negra, pero desde que yo les había explicado que podía morir, decidieron dar guerra a las hormigas. Así que consultaron en el vivero más cercano qué era lo más letal, efectivo  y rápido.    Por supuesto les vendieron todo lo que había en el mercado y ellos lo habían usado. Todo al mismo tiempo. La Negra cooperó alegremente en el operativo exterminio y pasó una mañana muy divertida en el jardín. Durmió su siesta que se extendió más de lo acostumbrado y no se levantó para la cena.        Antes de ir a acostarse y algo extrañados porque seguía durmiendo la zamarrearon un poco para despertarla. Se  paró. Caminó dos pasos y se desplomó en medio de convulsiones.     Llegué lo más rápido que pude: ¡estaba  intoxicada  por los insecticidas!     El matrimonio me miraba sin comprender— ¡Pero si usted misma nos dijo que matáramos a las hormigas!     No era momento de ponerse a discutir, la vida de la perra era mi prioridad.  Después del tratamiento de urgencia la Negra reaccionó bien. Tuvo suerte.         Todavía asustada, porque en esos casos nunca hay  garantías y un retraso en el tratamiento hace la diferencia entre la vida y la muerte, debo haber sermoneado a los dueños  con más severidad de lo conveniente ya que ellos también se enfurecieron conmigo:     — ¡No sé para qué le hicimos caso! ¡Al final, eran mejor las hormigas! M.V. Susana Cavallero M.N.6650 Divulgadora científica daktari.susana@gmail.com &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/06/Sin-título-9-150x150.png" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Sin título 9" style="margin-bottom: 15px;" /></div><div class="pie"><span class="capitular">D</span>espués de un gato viejo y  maloliente yo deseaba un caso agradable. El matrimonio de mediana edad llegó con una lindísima bóxer dorada.</div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">  — ¿Y esa preciosura dorada, como se llama?</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">  — </span><span class="resaltado"><i><span style="font-weight: 400;">Negra</span></i></span><span style="font-weight: 400;">. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Ese día la vacuné sin problemas y los dueños quedaron contentos de tener una veterinaria de cabecera cerca de su casa. Pocos días más tarde me llamaron  para que fuera al domicilio. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">   —  No sabemos qué le pasó, pero no nos animamos a sacarla a la calle: ¡está hecha un monstruo!</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;"><br />
<span class="cita"> Toqué el timbre, desde un jardín trasero llegó la Negra como una tromba, felicísima de verme: “¡Al fin un paciente que no me guarda rencor por los pinchazos!”</span></span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">   Cuando logré que se calmara un poco, comprobé que el labio derecho estaba rígido y  tampoco dominaba la lengua y respiraba resoplando trabajosamente.     —Debe ser una picadura—arriesgué—  Y  le inyecté un corticoide. Me despedí asegurando que estaría mejor en dos horas. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">   A la noche recibí un informe alarmante, al rato de la aplicación había mejorado, volviendo casi a la normalidad, pero ahora estaba peor que antes respirando con dificultad y babeando. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    Volví. Esta vez no hubo saludos. La encontré asustada, luchando por respirar.    Los dueños desconfiaban de mi diagnóstico,  inclinados por la hipótesis de  un golpe. — ¡Es tan torpe! Siempre se lleva todo por delante, dice mi hijo que se golpeó la cara con la mesa ratona.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    Al revisar el interior de su bocaza llena de saliva viscosa, encontré múltiples manchitas rojas. Eran piquetazos múltiples y cada uno producía una inflamación alrededor del lugar donde el insecto había inoculado su pequeña dosis de veneno.   En ese momento, la Negra se levantó y trotó tambaleante hacia el jardín. La seguí y tuve la respuesta y el diagnóstico al mismo tiempo.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">   El césped  estaba surcado por una línea negra que culebreaba hasta las plantas del fondo; la conocida </span><b><span class="resaltado">columna de hormigas</span>.</b></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    La Negra, resoplando, se abalanzó sobre el caminito de insectos y plantando su lengua ya insensible barrió de un solo lengüetazo  medio metro de hormigas.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;"> Era clarísimo que el estado de su cara y la dificultad para respirar eran la consecuencia de las numerosas picaduras. Lo raro es que ella persistiera en su anómala costumbre. La Negra era una reincidente. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">       — ¡Ah, sí! Siempre se come las hormigas, pero no le pasa nada…— me contestaron con naturalidad los dueños.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">      Otra dosis de antiinflamatorio y reclusión en el interior fueron las indicaciones esta vez.  A la otra mañana me informaron que la Negra ya estaba bien.  “Cuidado con las hormigas” les advertí, asegurándoles que eran la causa del problema.</span></div>
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<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Al mes, estábamos exactamente en la misma situación, la Negra había atacado a la formación de hormigas, a la vista de la gente que tomaba mate. Increíblemente, no se lo habían impedido, más bien se mostraban orgullosos y divertidos de que había barrido mucho más camino de hormigas  que la vez anterior. Al rato ya tenía la cara deformada. Sin preocuparse demasiado me llamaron para que le aplicara la mágica inyección.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Esta vez, me explaye en lo peligroso de su conducta y pedí que combatieran las hormigas. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Dos días después recibí un llamado nocturno. Esta vez sí que estaban alarmados; La Negra estaba muy mal.  Y  no había comido hormigas, con seguridad yo había errado el diagnóstico. Dejaron bien claro que me habían llamado a mí,  porque no consiguieron  ningún otro veterinario de noche. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Antes, les había parecido cómica la adicción de La Negra, pero desde que yo les había explicado que podía morir, decidieron dar guerra a las hormigas. Así que consultaron en el vivero más cercano qué era lo más letal, efectivo  y rápido. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    Por supuesto les vendieron todo lo que había en el mercado y ellos lo habían usado. Todo al mismo tiempo. La Negra cooperó alegremente en el </span><b>operativo exterminio</b><span style="font-weight: 400;"> y pasó una mañana muy divertida en el jardín. Durmió su siesta que se extendió más de lo acostumbrado y no se levantó para la cena.    </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    Antes de ir a acostarse y algo extrañados porque seguía durmiendo la zamarrearon un poco para despertarla. Se  paró. Caminó dos pasos y se desplomó en medio de convulsiones.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Llegué lo más rápido que pude: <span class="resaltado">¡estaba  intoxicada  por los insecticidas! </span></span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     El matrimonio me miraba sin comprender— ¡Pero si usted misma nos dijo que matáramos a las hormigas!</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     No era momento de ponerse a discutir, la vida de la perra era mi prioridad.  Después del tratamiento de urgencia la Negra reaccionó bien. Tuvo suerte.</span></div>
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<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Todavía asustada, porque en esos casos nunca hay  garantías y un retraso en el tratamiento hace la diferencia entre la vida y la muerte, debo haber sermoneado a los dueños  con más severidad de lo conveniente ya que ellos también se enfurecieron conmigo:</span></div>
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		<title>      La primera consulta insólita</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Mar 2016 16:30:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Susana cavallero]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/03/Sin-título-22-150x150.png" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Sin título 2" style="margin-bottom: 15px;" /></div>Todo empezó como una consulta común.  Yo todavía conservaba una gran dosis de ingenuidad. Llegaron una nena y su mamá, con un adorable pomponcito gris y blanco: un cachorrito de siberiano de un mes de vida,  que todavía no tenía nombre.   Venían buscando un asesoramiento integral, ya que nunca habían tenido un perro: yo apreciaba a esos dueños que se informaban antes de meter la pata.  Durante la conversación me enteré que el cachorro había sido regalado a la chiquita por el padre, recién separado de la mamá.  La señora no estaba muy convencida de  aceptarlo.  Argumentaba que todo el trabajo y responsabilidad recaería sobre ella. Y con razón, una nena de cinco años no está en condiciones de hacerse cargo de un cachorro.  Pero como amante de los animales, le expliqué a esa mamá, moderna, bien vestida  y psicóloga,  que la experiencia de crecer junto a un perro, sería imborrable para la nena.    Avanzando en mis consejos sobre los cuidados del perrito, me preguntó si iba a crecer más. Eso debió haberme alertado, pero lo pasé por alto.  — Por supuesto  — le respondí— ¡este es un bebé! Crecerá hasta tener el tamaño propio de un siberiano adulto. Los habrás visto por la calle… Imposible que no hubiera visto a un Siberian Husky caminando por  Buenos Aires en aquellos días;  la raza estaba  muy de moda  gracias a sus increíbles ojos celestes.      —No. No los conozco, no les presto atención. Yo ni miro a los perros.     Empecé a entender que de verdad,  no le gustaban los animales. Pero como la mayoría  sucumbe a los encantos de un cachorro, hubiera apostado que esa joven mamá, no querría apenar más a su nena y pasaría por alto las molestias de los primeros tiempos.   Siguiendo con las recomendaciones acerca de la desparasitaciones, mencioné la palabra intestino&#8230;   — ¿Cómo? ¿tienen intestino los perros? —me interrogó, asombrada.    Yo creí que era un chiste.  Levanté la vista desde el cachorro a la madre de mirada horrorizada, a la nena y otra vez al perrito. Mi mirada debió ser lo suficientemente elocuente, porque siguió explicando. — No sé. Yo veo perros blancos o marrones. Chicos o grandes.  Pelo largo o pelo corto, pero ¿por adentro?&#8230; ¡nunca pensé de qué están rellenos los perros!      La profesión veterinaria nos acostumbra a tratar con todo tipo de gente,  uno puede esperar cualquier cosa.  Pero no de una psicóloga de treinta y pico de años que se las daba de culta. Reconozco que perdí los estribos.   — ¡¿Cómo rellenos?! ¡¿Cómo rellenos?!—repetí  en voz cada vez más alta— ¿Que creías, que había de humita o de  jamón y queso? ¡Que son empanadas! ¡Son seres vivos, igual que vos! Tienen hígado, pulmones, corazón, todo&#8230;lo mismo que vos&#8230; ¡Sólo que más cerebro!]]></description>
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<p>Eso debió haberme alertado, pero lo pasé por alto.  — Por supuesto  — le respondí— ¡este es un bebé! Crecerá hasta tener el tamaño propio de un siberiano adulto. Los habrás visto por la calle… Imposible que no hubiera visto a un Siberian Husky caminando por  Buenos Aires en aquellos días;  la raza estaba  muy de moda  gracias a sus increíbles ojos celestes.      —No. No los conozco, no les presto atención. Yo ni miro a los perros.</p>
<p><span style="font-weight: 400;">   </span> Empecé a entender que de verdad,  no le gustaban los animales. Pero como la mayoría  sucumbe a los encantos de un cachorro, hubiera apostado que esa joven mamá, no querría apenar más a su nena y pasaría por alto las molestias de los primeros tiempos.   Siguiendo con las recomendaciones acerca de la desparasitaciones, mencioné la palabra intestino&#8230;   — ¿Cómo? ¿tienen intestino los perros? —me interrogó, asombrada.    Yo creí que era un chiste.  Levanté la vista desde el cachorro a la madre de mirada horrorizada, a la nena y otra vez al perrito. Mi mirada debió ser lo suficientemente elocuente, porque siguió explicando. — No sé. Yo veo perros blancos o marrones. Chicos o grandes.  Pelo largo o pelo corto, pero ¿por adentro?&#8230; ¡nunca pensé de qué están rellenos los perros!</p>
<p><span style="font-weight: 400;">    </span> La profesión veterinaria nos acostumbra a tratar con todo tipo de gente,  uno puede esperar cualquier cosa.  Pero no de una psicóloga de treinta y pico de años que se las daba de culta. Reconozco que perdí los estribos.   — ¡¿Cómo rellenos?! ¡¿Cómo rellenos?!—repetí  en voz cada vez más alta— ¿Que creías, que había de humita o de  jamón y queso? ¡Que son empanadas! ¡Son seres vivos, igual que vos! Tienen hígado, pulmones, corazón, todo&#8230;lo mismo que vos&#8230; ¡Sólo que más cerebro!</p>
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