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	<title>Urban Pets &#187; historias de consultorio</title>
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	<description>Revista de mascotas</description>
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		<title>HISTORIAS DE CONSULTORIO</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Dec 2016 12:48:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Susana cavallero]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Doc's]]></category>
		<category><![CDATA[nro.11]]></category>
		<category><![CDATA[consultorio veterinario]]></category>
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		<category><![CDATA[historias de consultorio]]></category>
		<category><![CDATA[Solcito]]></category>
		<category><![CDATA[Susana Cavallero]]></category>

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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/12/Fondo_consultorio-011-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Fondo_consultorio-01" style="margin-bottom: 15px;" /></div>por M.V.Susana Cavallero Solcito llegó a mi consultorio en una situación desesperante que sus dueños no comprendían. Tenía una infección muy avanzada en el útero y solo una cirugía podía salvarla. Vivía en una carpintería y los hombres que la cuidaban desde hacía diez años, no entendían nada de órganos femeninos. De modo que me fue difícil explicarles la gravedad y urgencia de la situación. No se decidían. Decidí operarla como fuera, con o sin el consentimiento de los dueños, porque la otra alternativa era la muerte. Era una perrita pequeña, con pelo corto atigrado, hocico negro con los dientes de abajo sobresalidos, sin cola, las orejas arrepolladas y las patas flaquitas y chuecas. No la había rozado la belleza en ninguno de sus rasgos; era uno de esos adorables monstruitos a quienes solo sus dueños ven hermosos. En la preparación para la cirugía empecé a renegar con su carácter chinchudo. De entrada quiso morderme. Una vez superado el problema, me topé con unas venas finas y tortuosas que se reventaban al primer pinchazo, aún con el más fino de los catéteres. Al final la anestesié como pude, después de intentarlo en las cuatro patas. “¡Esta perra va a odiarme!”, pensé. Trabajando contra el reloj, extraje el útero infectado y gigante. La perra pesaba doce kilos antes, y ocho después de la cirugía. Todo salió bien. La perrita era más resistente de lo que yo pensaba y se restableció a la perfección. Eso sí, nunca me perdonó. En algún nivel de su perruna conciencia sabe. Sabe que la pinché, la corté, la cosí, le apliqué inyecciones… y ¡me odia!, aunque ya pasaron cinco años. Cuando paso por su puerta, donde remolonea al sol entibiando sus articulaciones gastadas, se levanta como un resorte artrítico y viene a mi encuentro ladrando y gruñendo enfurecida, tratando de tarasconearme los tobillos. Me acompaña toda la distancia que ocupa el ancho de SU vereda. Me lanza un último gruñido amenazante, como para asegurarse que no vuelva y regresa a acomodarse al sol, contra la pared de la carpintería. ― No hay caso, doctora, no la quiere. Se ve que se acuerda. Nosotros le decimos “es la dotorcita que te salvó”, ¡pero no la quiere!… ¡Debe tener pesadillas con usted! Y yo con ella! M.V. Susana Cavallero M.N.6650 Divulgadora científica daktari.susana@gmail.com &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/12/Fondo_consultorio-011-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Fondo_consultorio-01" style="margin-bottom: 15px;" /></div><p>por M.V.Susana Cavallero<br />
<span class="capitular">S</span>olcito llegó a mi consultorio en una situación desesperante que sus dueños no comprendían. Tenía una <span class="resaltado">infección muy avanzada en el útero</span> y solo una cirugía podía salvarla. Vivía en una carpintería y los hombres que la cuidaban desde hacía diez años, no entendían nada de órganos femeninos. De modo que me fue difícil explicarles la gravedad y urgencia de la situación. No se decidían. Decidí operarla como fuera, con o sin el consentimiento de los dueños, porque la otra alternativa era la muerte.<br />
Era una perrita pequeña, con pelo corto atigrado, hocico negro con los dientes de abajo sobresalidos, sin cola, las orejas arrepolladas y las patas flaquitas y chuecas. No la había rozado la belleza en ninguno de sus rasgos; era uno de esos adorables monstruitos a quienes solo sus dueños ven hermosos.<br />
En la preparación para la cirugía empecé a renegar con su carácter chinchudo. De entrada quiso morderme. Una vez superado el problema, me topé con unas venas finas y tortuosas que se reventaban al primer pinchazo, aún con el más fino de los catéteres. Al final la anestesié como pude, después de intentarlo en las cuatro patas. “¡Esta perra va a odiarme!”, pensé.<br />
Trabajando contra el reloj, extraje el útero infectado y gigante. La perra pesaba doce kilos antes, y ocho después de la cirugía.<br />
Todo salió bien. La perrita era más resistente de lo que yo pensaba y se restableció a la perfección.<br />
Eso sí, nunca me perdonó. En algún nivel de su perruna conciencia sabe. Sabe que la pinché, la corté, la cosí, le apliqué inyecciones… y ¡me odia!, aunque ya pasaron cinco años. Cuando paso por su puerta, donde remolonea al sol entibiando sus articulaciones gastadas, se levanta como un resorte artrítico y viene a mi encuentro ladrando y gruñendo enfurecida, tratando de tarasconearme los tobillos. Me acompaña toda la distancia que ocupa el ancho de SU vereda. Me lanza un último gruñido amenazante, como para asegurarse que no vuelva y regresa a acomodarse al sol, contra la pared de la carpintería.<br />
― No hay caso, doctora, no la quiere. Se ve que se acuerda. Nosotros le decimos “es la dotorcita que te salvó”, ¡pero no la quiere!… ¡Debe tener pesadillas con usted!<br />
Y yo con ella!<br />
M.V. Susana Cavallero<br />
M.N.6650<br />
Divulgadora científica<br />
daktari.susana@gmail.com</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Gato encerrado</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Dec 2015 12:00:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Susana cavallero]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Doc's]]></category>
		<category><![CDATA[nro. 7]]></category>
		<category><![CDATA[consultorio veterinario]]></category>
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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2015/12/slide_historias-de-consultorio-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="slide_historias de consultorio" style="margin-bottom: 15px;" /></div>En bata, pantuflas y con un toallón mojado en la cabeza, “la Colorada” irrumpió en el consultorio. “La Colorada” era una vecina nueva, grandota, pecosa, con ojos dorados y pelo naranja. — ¡Venga rápido, doc. ! — Me gritó, y mientras me sacaba a los empujones, explicó — Un coche agarró a un gato.Si un gato no se va corriendo del lugar del accidente, es porque la cosa es grave, pensé. A mitad de cuadra me hizo entrar al edificio nuevo, donde ella vivía.En la cochera, unas diez personas rodeaban a un Fiat blanco con el capot abierto. Unos maullidos lastimeros se mezclaban con sonoras palabrotas. El grupo de vecinos se abrió en dos y me permitió llegar, los maullidos provenían de las profundidades del motor. En un instante me di cuenta de lo ocurrido: los gatos buscan el calor de los motores recién apagados; pasan la noche y se van temprano. Pero ese día, cuando el conductor puso al auto en marcha, alguna parte del motor atrapó al gato, inmovilizándolo, antes de que pudiera escapar. Imaginé el sobresalto del hombre que, al escuchar el grito, había atinado a detener el motor, pero al abrir el capot y comprender que el gato no salía porque no podía zafarse, estalló.— ¡Saquen a este gato de acá! ¡Y justo hoy que tengo una entrevista en el centro! — aulló de impotencia. Era sábado y era enero, así que se aprovechaba para dormir un poco más. Muchos bajaron en pijama o a medio vestir. Varios hombres se rascaban la cabeza mirando el interior del motor, mientras que las mujeres se compadecían del gato. El animalito, con los ojos desorbitados pataleaba en 360 grados como un ventilador enloquecido. Yo informé al grupo que lo primero sería sedarlo y después veríamos cómo se podía hacer para liberarlo. En un segundo ya lo había inyectado y pudimos entender el problema: una correa de goma gruesa había tomado un pellizco como de diez centímetros de la piel de la espalda y la tenía apresada en la corredera de una rueda. Ahora el gato blanco y negro colgaba fláccido, retenido entre la goma y el metal.— ¡Usted! ¡Saquemé de ahí a ese gato de miércoles, qué son las nueve y ya no llego!— me ordenó el del auto, cada vez más desesperado. — Hay que cortar la correa, hace falta un alicategrande, de taller— expliqué— ¿Está loca? ¡Corte al gato!—sugirió a los gritos el dueño del auto —Tengo que irme ahora mismo.— ¿¡Cómo voy a cortar al gato pudiendo cortar una goma!? Hay que llamar a un mecánico.— ¡Qué animal!— ¡Es un sádico, habría que cortarlo a él! — ¿Querés ver sangre?&#8230; ¡vení que yo te fajo!— ¡Tómese un taxi Balboa, el consorcio se lo paga y nosotros nos ocupamos del auto, después le pasamos la cuenta del mecánico! —fue lo más sensato que propuso otro vecino.— ¡Qué cuenta, salame! ¡Tenés idea de lo que sale esa correa! — argumentó Balboa, cada vez más furioso —. ¡Y ni loco dejo el auto en manos de una manga de cretinos como ustedes!— ¿¡A quién le decís cretino, cobarde!? — ¡Con razón te dejó tu mujer y ahora te tenés que lavar los calzones! Cuando todos pensábamos que se venían las piñas, apareció al trotecito un mecánico que había ido a buscar La Colorada. En menos de lo que se los cuento cortó la correa con una tenaza de brazos largos, yo tomé al gato herido y mientras reemplazaban la correa, lo revisé sobre otro auto: era una gatita, tenía un corte feo y desgarrado pero no muy profundo, sólo en la piel. Casi no sangraba.Unos puntos de sutura y estaría bien. Balboa, a unos metros, hablaba por el celular a los gritos, se pasaba las manos por la cabeza, despeinándose y estaba rojo como una remolacha, con aureolas de sudor en varias partes de la camisa. El pobre hombre la estaba pasando mal.-— ¡Inútil!— me gritó cuando lo miré. — ¡No le haga caso, doctora, usted cure a la gata que yo me hago cargo! — me consoló La Colorada a quien ya se le había secado el pelo. Con la bata y la toalla en el cuello, parecía un boxeador. Después del caos, el asunto quedó resuelto: la gatita sedada y suturada quedaría en la cochera, al cuidado del portero. El consorcio pagaría mis honorarios y los medicamentos. De pronto, todos quisieron colaborar, aparecieron una manta y un platito con leche para cuando se despertara. Decidieron conservarla para ahuyentar a las lauchas y la bautizaron “Duna”, por la marca del auto. ¡Imaginé la gracia que le iba a causar el nombre a Balboa! Mientras el auto, liberado, salía a toda velocidad despidiendo piedritas grises con las ruedas traseras. Vaya a saber en venganza por cuáles otros asuntos internos, Balboa fue sentenciado a hacerse cargo de la gata. Lo veía pasar frente a la veterinaria con sachets de leche y alimento para gatos. Me lanzaba miradas furiosas. Con el tiempo, sucedió lo impensable: Balboa se encariñó con Duna y la subió a su departamento de hombre solo.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2015/12/slide_historias-de-consultorio-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="slide_historias de consultorio" style="margin-bottom: 15px;" /></div><p><span class="capitular">E</span>n bata, pantuflas y con un toallón mojado en la cabeza, “la Colorada” irrumpió en el consultorio. “La Colorada” era una vecina nueva, grandota, pecosa, con ojos dorados y pelo naranja. — ¡Venga rápido, doc. ! — Me gritó, y mientras me sacaba a los empujones, explicó — Un coche agarró a un gato.Si un gato no se va corriendo del lugar del accidente, es porque la cosa es grave, pensé. A mitad de cuadra me hizo entrar al edificio nuevo, donde ella vivía.En la cochera, unas diez personas rodeaban a un Fiat blanco con el capot abierto. Unos maullidos lastimeros se mezclaban con sonoras palabrotas. El grupo de vecinos se abrió en dos y me permitió llegar, los maullidos provenían de las profundidades del motor. En un instante me di cuenta de lo ocurrido: los gatos buscan el calor de los motores recién apagados; pasan la noche y se van temprano. Pero ese día, cuando el conductor puso al auto en marcha, alguna parte del motor atrapó al gato, inmovilizándolo, antes de que pudiera escapar. Imaginé el sobresalto del hombre que, al escuchar el grito, había atinado a detener el motor, pero al abrir el capot y comprender que el gato no salía porque no podía zafarse, estalló.— ¡Saquen a este gato de acá! ¡Y justo hoy que tengo una entrevista en el centro! — aulló de impotencia.</p>
<p>Era sábado y era enero, así que se aprovechaba para dormir un poco más. Muchos bajaron en pijama o a medio vestir. Varios hombres se rascaban la cabeza mirando el interior del motor, mientras que las mujeres se compadecían del gato. El animalito, con los ojos desorbitados pataleaba en 360 grados como un ventilador enloquecido. Yo informé al grupo que lo primero sería sedarlo y después veríamos cómo se podía hacer para liberarlo. En un segundo ya lo había inyectado y pudimos entender el problema: una correa de goma gruesa había tomado un pellizco como de diez centímetros de la piel de la espalda y la tenía apresada en la corredera de una rueda.</p>
<p>Ahora el gato blanco y negro colgaba fláccido, retenido entre la goma y el metal.— ¡Usted! ¡Saquemé de ahí a ese gato de miércoles, qué son las nueve y ya no llego!— me ordenó el del auto, cada vez más desesperado. — Hay que cortar la correa, hace falta un alicategrande, de taller— expliqué— ¿Está loca? ¡Corte al gato!—sugirió a los gritos el dueño del auto —Tengo que irme ahora mismo.— ¿¡Cómo voy a cortar al gato pudiendo cortar una goma!? Hay que llamar a un mecánico.— ¡Qué animal!— ¡Es un sádico, habría que cortarlo a él! — ¿Querés ver sangre?&#8230; ¡vení que yo te fajo!— ¡Tómese un taxi Balboa, el consorcio se lo paga y nosotros nos ocupamos del auto, después le pasamos la cuenta del mecánico! —fue lo más sensato que propuso otro vecino.— ¡Qué cuenta, salame! ¡Tenés idea de lo que sale esa correa! — argumentó Balboa, cada vez más furioso —. ¡Y ni loco dejo el auto en manos de una manga de cretinos como ustedes!— ¿¡A quién le decís cretino, cobarde!? — ¡Con razón te dejó tu mujer y ahora te tenés que lavar los calzones!</p>
<p>Cuando todos pensábamos que se venían las piñas, apareció al trotecito un mecánico que había ido a buscar La Colorada. En menos de lo que se los cuento cortó la correa con una tenaza de brazos largos, yo tomé al gato herido y mientras reemplazaban la correa, lo revisé sobre otro auto: era una gatita, tenía un corte feo y desgarrado pero no muy profundo, sólo en la piel. Casi no sangraba.Unos puntos de sutura y estaría bien.</p>
<p>Balboa, a unos metros, hablaba por el celular a los gritos, se pasaba las manos por la cabeza, despeinándose y estaba rojo como una remolacha, con aureolas de sudor en varias partes de la camisa. El pobre hombre la estaba pasando mal.-— ¡Inútil!— me gritó cuando lo miré.<br />
— ¡No le haga caso, doctora, usted cure a la gata que yo me hago cargo! — me consoló La Colorada a quien ya se le había secado el pelo. Con la bata y la toalla en el cuello, parecía un boxeador.</p>
<p>Después del caos, el asunto quedó resuelto: la gatita sedada y suturada quedaría en la cochera, al cuidado del portero. El consorcio pagaría mis honorarios y los medicamentos. De pronto, todos quisieron colaborar, aparecieron una manta y un platito con leche para cuando se despertara. Decidieron conservarla para ahuyentar a las lauchas y la bautizaron “Duna”, por la marca del auto.</p>
<p>¡Imaginé la gracia que le iba a causar el nombre a Balboa! Mientras el auto, liberado, salía a toda velocidad despidiendo piedritas grises con las ruedas traseras.<br />
Vaya a saber en venganza por cuáles otros asuntos internos, Balboa fue sentenciado a hacerse cargo de la gata. Lo veía pasar frente a la veterinaria con sachets de leche y alimento para gatos. Me lanzaba miradas furiosas.</p>
<div class="pie"><span class="resaltado">Con el tiempo, sucedió lo impensable: Balboa se encariñó con Duna y la subió a su departamento de hombre solo.</span></div>
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		<title>Historias de Consultorio</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Sep 2015 13:00:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Susana cavallero]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Doc's]]></category>
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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2015/09/slide_historia-de-consultorio-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="slide_historia de consultorio" style="margin-bottom: 15px;" /></div>“Cubitos de hielo” Payaso era un  Setter Irlandés paciente mío desde hacía mucho y  muy mimado por sus dueños. Se había ganado ese nombre por el temperamento vivaracho y  la expresión juguetona y feliz que había demostrado desde cachorro: “-No sabemos de qué estará tan contento”-, decían sus dueños a menudo.  Debido a sus catorce años, tenía bastantes achaques que sobrellevaba bien gracias a los cuidados que recibía. Ni siquiera tenía canas en el hocico: -“es un jovato bien mantenido-”, decían los chicos de la casa, ya convertidos en jóvenes que habían crecido con Payaso como compañero de juegos. El movimiento de la cola era constante y enérgico. Muchas veces bromeamos acerca de usarla para obtener energía: “Con un dínamo, éste te mantiene la casa hasta con el aire acondicionado prendido”sombríos, pero antes de alarmar a los dueños, decidí hacerle otros estudios … A último momento tuve un toque de intuición y  arriesgué: — ¿Seguros que no comió nada más que  hielo? — ¿Hielo? ¿Qué hielo? Le dimos los cubitos como nos dijo usted ¡Y cómo le gustaron! Tuvimos que salir a comprar más. Más de veinte se comió, de cuatro quesos, de crema y verdeo, de panceta y jamón, … &#160; M.V. Susana B. Cavallero daktari.susana@gmail.com _________ ¿Querés seguir leyendo la revista? Hacé click aquí y disfrutá de Urban Pets Mag #6  ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2015/09/slide_historia-de-consultorio-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="slide_historia de consultorio" style="margin-bottom: 15px;" /></div><div class="copete">“Cubitos de hielo”</div>
<p><span class="capitular">P</span>ayaso era un  Setter Irlandés paciente mío desde hacía mucho y  muy mimado por sus dueños. Se había ganado ese nombre por el temperamento vivaracho y  la expresión juguetona y feliz que había demostrado desde cachorro: “-No sabemos de qué estará tan contento”-, decían sus dueños a menudo.  Debido a sus catorce años, tenía bastantes achaques que sobrellevaba bien gracias a los cuidados que recibía. Ni siquiera tenía canas en el hocico: -“es un jovato bien mantenido-”, decían los chicos de la casa, ya convertidos en jóvenes que habían crecido con Payaso como compañero de juegos. El movimiento de la cola era constante y enérgico. Muchas veces bromeamos acerca de usarla para obtener energía: “Con un dínamo, éste te mantiene la casa hasta con el aire acondicionado prendido”sombríos, pero antes de alarmar a los dueños, decidí hacerle otros estudios … A último momento tuve un toque de intuición y  arriesgué:<br />
— ¿Seguros que no comió nada más que  hielo?<br />
— ¿Hielo? ¿Qué hielo? Le dimos los cubitos como nos dijo usted ¡Y cómo le gustaron! Tuvimos que salir a comprar más. Más de veinte se comió, de cuatro quesos, de crema y verdeo, de panceta y jamón, …</p>
<p>&nbsp;</p>
<div class="autor">M.V. Susana B. Cavallero</div>
<div class="autor">daktari.susana@gmail.com</div>
<div class="autor">
<div class="p1" style="font-weight: bold; font-style: italic; color: #86418e;">
<div class="p1" style="font-weight: bold; font-style: italic; color: #86418e;">_________</div>
<div class="pie" style="font-weight: bold; font-style: italic; color: #86418e;"><a href="http://upets.com.ar/site/nuestras-ediciones/" target="_blank"><img class="alignleft" src="http://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2014/04/logo-upets-chica.png" alt="logo-upets-chica" width="47" height="47" /></a><a href="http://upets.com.ar/site/nuestras-ediciones/" target="_blank"><span class="resaltado capitular">¿Querés seguir leyendo la revista?</span><span class="resaltado"><br />
Hacé click aquí y disfrutá de Urban Pets Mag #</span></a><span class="resaltado">6</span></div>
<p><span class="resaltado"> </span></p>
</div>
</div>
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