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	<title>Urban Pets &#187; Susana Cavallero</title>
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	<description>Revista de mascotas</description>
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		<title>HISTORIAS DE CONSULTORIO</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Dec 2016 12:48:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Susana cavallero]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/12/Fondo_consultorio-011-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Fondo_consultorio-01" style="margin-bottom: 15px;" /></div>por M.V.Susana Cavallero Solcito llegó a mi consultorio en una situación desesperante que sus dueños no comprendían. Tenía una infección muy avanzada en el útero y solo una cirugía podía salvarla. Vivía en una carpintería y los hombres que la cuidaban desde hacía diez años, no entendían nada de órganos femeninos. De modo que me fue difícil explicarles la gravedad y urgencia de la situación. No se decidían. Decidí operarla como fuera, con o sin el consentimiento de los dueños, porque la otra alternativa era la muerte. Era una perrita pequeña, con pelo corto atigrado, hocico negro con los dientes de abajo sobresalidos, sin cola, las orejas arrepolladas y las patas flaquitas y chuecas. No la había rozado la belleza en ninguno de sus rasgos; era uno de esos adorables monstruitos a quienes solo sus dueños ven hermosos. En la preparación para la cirugía empecé a renegar con su carácter chinchudo. De entrada quiso morderme. Una vez superado el problema, me topé con unas venas finas y tortuosas que se reventaban al primer pinchazo, aún con el más fino de los catéteres. Al final la anestesié como pude, después de intentarlo en las cuatro patas. “¡Esta perra va a odiarme!”, pensé. Trabajando contra el reloj, extraje el útero infectado y gigante. La perra pesaba doce kilos antes, y ocho después de la cirugía. Todo salió bien. La perrita era más resistente de lo que yo pensaba y se restableció a la perfección. Eso sí, nunca me perdonó. En algún nivel de su perruna conciencia sabe. Sabe que la pinché, la corté, la cosí, le apliqué inyecciones… y ¡me odia!, aunque ya pasaron cinco años. Cuando paso por su puerta, donde remolonea al sol entibiando sus articulaciones gastadas, se levanta como un resorte artrítico y viene a mi encuentro ladrando y gruñendo enfurecida, tratando de tarasconearme los tobillos. Me acompaña toda la distancia que ocupa el ancho de SU vereda. Me lanza un último gruñido amenazante, como para asegurarse que no vuelva y regresa a acomodarse al sol, contra la pared de la carpintería. ― No hay caso, doctora, no la quiere. Se ve que se acuerda. Nosotros le decimos “es la dotorcita que te salvó”, ¡pero no la quiere!… ¡Debe tener pesadillas con usted! Y yo con ella! M.V. Susana Cavallero M.N.6650 Divulgadora científica daktari.susana@gmail.com &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/12/Fondo_consultorio-011-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Fondo_consultorio-01" style="margin-bottom: 15px;" /></div><p>por M.V.Susana Cavallero<br />
<span class="capitular">S</span>olcito llegó a mi consultorio en una situación desesperante que sus dueños no comprendían. Tenía una <span class="resaltado">infección muy avanzada en el útero</span> y solo una cirugía podía salvarla. Vivía en una carpintería y los hombres que la cuidaban desde hacía diez años, no entendían nada de órganos femeninos. De modo que me fue difícil explicarles la gravedad y urgencia de la situación. No se decidían. Decidí operarla como fuera, con o sin el consentimiento de los dueños, porque la otra alternativa era la muerte.<br />
Era una perrita pequeña, con pelo corto atigrado, hocico negro con los dientes de abajo sobresalidos, sin cola, las orejas arrepolladas y las patas flaquitas y chuecas. No la había rozado la belleza en ninguno de sus rasgos; era uno de esos adorables monstruitos a quienes solo sus dueños ven hermosos.<br />
En la preparación para la cirugía empecé a renegar con su carácter chinchudo. De entrada quiso morderme. Una vez superado el problema, me topé con unas venas finas y tortuosas que se reventaban al primer pinchazo, aún con el más fino de los catéteres. Al final la anestesié como pude, después de intentarlo en las cuatro patas. “¡Esta perra va a odiarme!”, pensé.<br />
Trabajando contra el reloj, extraje el útero infectado y gigante. La perra pesaba doce kilos antes, y ocho después de la cirugía.<br />
Todo salió bien. La perrita era más resistente de lo que yo pensaba y se restableció a la perfección.<br />
Eso sí, nunca me perdonó. En algún nivel de su perruna conciencia sabe. Sabe que la pinché, la corté, la cosí, le apliqué inyecciones… y ¡me odia!, aunque ya pasaron cinco años. Cuando paso por su puerta, donde remolonea al sol entibiando sus articulaciones gastadas, se levanta como un resorte artrítico y viene a mi encuentro ladrando y gruñendo enfurecida, tratando de tarasconearme los tobillos. Me acompaña toda la distancia que ocupa el ancho de SU vereda. Me lanza un último gruñido amenazante, como para asegurarse que no vuelva y regresa a acomodarse al sol, contra la pared de la carpintería.<br />
― No hay caso, doctora, no la quiere. Se ve que se acuerda. Nosotros le decimos “es la dotorcita que te salvó”, ¡pero no la quiere!… ¡Debe tener pesadillas con usted!<br />
Y yo con ella!<br />
M.V. Susana Cavallero<br />
M.N.6650<br />
Divulgadora científica<br />
daktari.susana@gmail.com</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La Negra</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Jun 2016 14:00:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Susana cavallero]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Susana Cavallero]]></category>

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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/06/Sin-título-9-150x150.png" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Sin título 9" style="margin-bottom: 15px;" /></div>Después de un gato viejo y  maloliente yo deseaba un caso agradable. El matrimonio de mediana edad llegó con una lindísima bóxer dorada.  — ¿Y esa preciosura dorada, como se llama?  — Negra.     Ese día la vacuné sin problemas y los dueños quedaron contentos de tener una veterinaria de cabecera cerca de su casa. Pocos días más tarde me llamaron  para que fuera al domicilio.   —  No sabemos qué le pasó, pero no nos animamos a sacarla a la calle: ¡está hecha un monstruo!  Toqué el timbre, desde un jardín trasero llegó la Negra como una tromba, felicísima de verme: “¡Al fin un paciente que no me guarda rencor por los pinchazos!”   Cuando logré que se calmara un poco, comprobé que el labio derecho estaba rígido y  tampoco dominaba la lengua y respiraba resoplando trabajosamente.     —Debe ser una picadura—arriesgué—  Y  le inyecté un corticoide. Me despedí asegurando que estaría mejor en dos horas.   A la noche recibí un informe alarmante, al rato de la aplicación había mejorado, volviendo casi a la normalidad, pero ahora estaba peor que antes respirando con dificultad y babeando.    Volví. Esta vez no hubo saludos. La encontré asustada, luchando por respirar.    Los dueños desconfiaban de mi diagnóstico,  inclinados por la hipótesis de  un golpe. — ¡Es tan torpe! Siempre se lleva todo por delante, dice mi hijo que se golpeó la cara con la mesa ratona.    Al revisar el interior de su bocaza llena de saliva viscosa, encontré múltiples manchitas rojas. Eran piquetazos múltiples y cada uno producía una inflamación alrededor del lugar donde el insecto había inoculado su pequeña dosis de veneno.   En ese momento, la Negra se levantó y trotó tambaleante hacia el jardín. La seguí y tuve la respuesta y el diagnóstico al mismo tiempo.   El césped  estaba surcado por una línea negra que culebreaba hasta las plantas del fondo; la conocida columna de hormigas.    La Negra, resoplando, se abalanzó sobre el caminito de insectos y plantando su lengua ya insensible barrió de un solo lengüetazo  medio metro de hormigas. Era clarísimo que el estado de su cara y la dificultad para respirar eran la consecuencia de las numerosas picaduras. Lo raro es que ella persistiera en su anómala costumbre. La Negra era una reincidente.       — ¡Ah, sí! Siempre se come las hormigas, pero no le pasa nada…— me contestaron con naturalidad los dueños.      Otra dosis de antiinflamatorio y reclusión en el interior fueron las indicaciones esta vez.  A la otra mañana me informaron que la Negra ya estaba bien.  “Cuidado con las hormigas” les advertí, asegurándoles que eran la causa del problema.       Al mes, estábamos exactamente en la misma situación, la Negra había atacado a la formación de hormigas, a la vista de la gente que tomaba mate. Increíblemente, no se lo habían impedido, más bien se mostraban orgullosos y divertidos de que había barrido mucho más camino de hormigas  que la vez anterior. Al rato ya tenía la cara deformada. Sin preocuparse demasiado me llamaron para que le aplicara la mágica inyección.     Esta vez, me explaye en lo peligroso de su conducta y pedí que combatieran las hormigas.     Dos días después recibí un llamado nocturno. Esta vez sí que estaban alarmados; La Negra estaba muy mal.  Y  no había comido hormigas, con seguridad yo había errado el diagnóstico. Dejaron bien claro que me habían llamado a mí,  porque no consiguieron  ningún otro veterinario de noche.     Antes, les había parecido cómica la adicción de La Negra, pero desde que yo les había explicado que podía morir, decidieron dar guerra a las hormigas. Así que consultaron en el vivero más cercano qué era lo más letal, efectivo  y rápido.    Por supuesto les vendieron todo lo que había en el mercado y ellos lo habían usado. Todo al mismo tiempo. La Negra cooperó alegremente en el operativo exterminio y pasó una mañana muy divertida en el jardín. Durmió su siesta que se extendió más de lo acostumbrado y no se levantó para la cena.        Antes de ir a acostarse y algo extrañados porque seguía durmiendo la zamarrearon un poco para despertarla. Se  paró. Caminó dos pasos y se desplomó en medio de convulsiones.     Llegué lo más rápido que pude: ¡estaba  intoxicada  por los insecticidas!     El matrimonio me miraba sin comprender— ¡Pero si usted misma nos dijo que matáramos a las hormigas!     No era momento de ponerse a discutir, la vida de la perra era mi prioridad.  Después del tratamiento de urgencia la Negra reaccionó bien. Tuvo suerte.         Todavía asustada, porque en esos casos nunca hay  garantías y un retraso en el tratamiento hace la diferencia entre la vida y la muerte, debo haber sermoneado a los dueños  con más severidad de lo conveniente ya que ellos también se enfurecieron conmigo:     — ¡No sé para qué le hicimos caso! ¡Al final, eran mejor las hormigas! M.V. Susana Cavallero M.N.6650 Divulgadora científica daktari.susana@gmail.com &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/06/Sin-título-9-150x150.png" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Sin título 9" style="margin-bottom: 15px;" /></div><div class="pie"><span class="capitular">D</span>espués de un gato viejo y  maloliente yo deseaba un caso agradable. El matrimonio de mediana edad llegó con una lindísima bóxer dorada.</div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">  — ¿Y esa preciosura dorada, como se llama?</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">  — </span><span class="resaltado"><i><span style="font-weight: 400;">Negra</span></i></span><span style="font-weight: 400;">. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Ese día la vacuné sin problemas y los dueños quedaron contentos de tener una veterinaria de cabecera cerca de su casa. Pocos días más tarde me llamaron  para que fuera al domicilio. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">   —  No sabemos qué le pasó, pero no nos animamos a sacarla a la calle: ¡está hecha un monstruo!</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;"><br />
<span class="cita"> Toqué el timbre, desde un jardín trasero llegó la Negra como una tromba, felicísima de verme: “¡Al fin un paciente que no me guarda rencor por los pinchazos!”</span></span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">   Cuando logré que se calmara un poco, comprobé que el labio derecho estaba rígido y  tampoco dominaba la lengua y respiraba resoplando trabajosamente.     —Debe ser una picadura—arriesgué—  Y  le inyecté un corticoide. Me despedí asegurando que estaría mejor en dos horas. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">   A la noche recibí un informe alarmante, al rato de la aplicación había mejorado, volviendo casi a la normalidad, pero ahora estaba peor que antes respirando con dificultad y babeando. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    Volví. Esta vez no hubo saludos. La encontré asustada, luchando por respirar.    Los dueños desconfiaban de mi diagnóstico,  inclinados por la hipótesis de  un golpe. — ¡Es tan torpe! Siempre se lleva todo por delante, dice mi hijo que se golpeó la cara con la mesa ratona.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    Al revisar el interior de su bocaza llena de saliva viscosa, encontré múltiples manchitas rojas. Eran piquetazos múltiples y cada uno producía una inflamación alrededor del lugar donde el insecto había inoculado su pequeña dosis de veneno.   En ese momento, la Negra se levantó y trotó tambaleante hacia el jardín. La seguí y tuve la respuesta y el diagnóstico al mismo tiempo.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">   El césped  estaba surcado por una línea negra que culebreaba hasta las plantas del fondo; la conocida </span><b><span class="resaltado">columna de hormigas</span>.</b></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    La Negra, resoplando, se abalanzó sobre el caminito de insectos y plantando su lengua ya insensible barrió de un solo lengüetazo  medio metro de hormigas.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;"> Era clarísimo que el estado de su cara y la dificultad para respirar eran la consecuencia de las numerosas picaduras. Lo raro es que ella persistiera en su anómala costumbre. La Negra era una reincidente. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">       — ¡Ah, sí! Siempre se come las hormigas, pero no le pasa nada…— me contestaron con naturalidad los dueños.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">      Otra dosis de antiinflamatorio y reclusión en el interior fueron las indicaciones esta vez.  A la otra mañana me informaron que la Negra ya estaba bien.  “Cuidado con las hormigas” les advertí, asegurándoles que eran la causa del problema.</span></div>
<div class="pie"><strong><strong> </strong></strong></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Al mes, estábamos exactamente en la misma situación, la Negra había atacado a la formación de hormigas, a la vista de la gente que tomaba mate. Increíblemente, no se lo habían impedido, más bien se mostraban orgullosos y divertidos de que había barrido mucho más camino de hormigas  que la vez anterior. Al rato ya tenía la cara deformada. Sin preocuparse demasiado me llamaron para que le aplicara la mágica inyección.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Esta vez, me explaye en lo peligroso de su conducta y pedí que combatieran las hormigas. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Dos días después recibí un llamado nocturno. Esta vez sí que estaban alarmados; La Negra estaba muy mal.  Y  no había comido hormigas, con seguridad yo había errado el diagnóstico. Dejaron bien claro que me habían llamado a mí,  porque no consiguieron  ningún otro veterinario de noche. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Antes, les había parecido cómica la adicción de La Negra, pero desde que yo les había explicado que podía morir, decidieron dar guerra a las hormigas. Así que consultaron en el vivero más cercano qué era lo más letal, efectivo  y rápido. </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    Por supuesto les vendieron todo lo que había en el mercado y ellos lo habían usado. Todo al mismo tiempo. La Negra cooperó alegremente en el </span><b>operativo exterminio</b><span style="font-weight: 400;"> y pasó una mañana muy divertida en el jardín. Durmió su siesta que se extendió más de lo acostumbrado y no se levantó para la cena.    </span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">    Antes de ir a acostarse y algo extrañados porque seguía durmiendo la zamarrearon un poco para despertarla. Se  paró. Caminó dos pasos y se desplomó en medio de convulsiones.</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Llegué lo más rápido que pude: <span class="resaltado">¡estaba  intoxicada  por los insecticidas! </span></span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     El matrimonio me miraba sin comprender— ¡Pero si usted misma nos dijo que matáramos a las hormigas!</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     No era momento de ponerse a discutir, la vida de la perra era mi prioridad.  Después del tratamiento de urgencia la Negra reaccionó bien. Tuvo suerte.</span></div>
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<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     Todavía asustada, porque en esos casos nunca hay  garantías y un retraso en el tratamiento hace la diferencia entre la vida y la muerte, debo haber sermoneado a los dueños  con más severidad de lo conveniente ya que ellos también se enfurecieron conmigo:</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">     — ¡No sé para qué le hicimos caso! ¡Al final, eran mejor las hormigas!</span></div>
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<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">M.V. Susana Cavallero</span></div>
<div class="pie"><span style="font-weight: 400;">M.N.6650</span></div>
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		<title>      La primera consulta insólita</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Mar 2016 16:30:57 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/03/Sin-título-22-150x150.png" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Sin título 2" style="margin-bottom: 15px;" /></div>Todo empezó como una consulta común.  Yo todavía conservaba una gran dosis de ingenuidad. Llegaron una nena y su mamá, con un adorable pomponcito gris y blanco: un cachorrito de siberiano de un mes de vida,  que todavía no tenía nombre.   Venían buscando un asesoramiento integral, ya que nunca habían tenido un perro: yo apreciaba a esos dueños que se informaban antes de meter la pata.  Durante la conversación me enteré que el cachorro había sido regalado a la chiquita por el padre, recién separado de la mamá.  La señora no estaba muy convencida de  aceptarlo.  Argumentaba que todo el trabajo y responsabilidad recaería sobre ella. Y con razón, una nena de cinco años no está en condiciones de hacerse cargo de un cachorro.  Pero como amante de los animales, le expliqué a esa mamá, moderna, bien vestida  y psicóloga,  que la experiencia de crecer junto a un perro, sería imborrable para la nena.    Avanzando en mis consejos sobre los cuidados del perrito, me preguntó si iba a crecer más. Eso debió haberme alertado, pero lo pasé por alto.  — Por supuesto  — le respondí— ¡este es un bebé! Crecerá hasta tener el tamaño propio de un siberiano adulto. Los habrás visto por la calle… Imposible que no hubiera visto a un Siberian Husky caminando por  Buenos Aires en aquellos días;  la raza estaba  muy de moda  gracias a sus increíbles ojos celestes.      —No. No los conozco, no les presto atención. Yo ni miro a los perros.     Empecé a entender que de verdad,  no le gustaban los animales. Pero como la mayoría  sucumbe a los encantos de un cachorro, hubiera apostado que esa joven mamá, no querría apenar más a su nena y pasaría por alto las molestias de los primeros tiempos.   Siguiendo con las recomendaciones acerca de la desparasitaciones, mencioné la palabra intestino&#8230;   — ¿Cómo? ¿tienen intestino los perros? —me interrogó, asombrada.    Yo creí que era un chiste.  Levanté la vista desde el cachorro a la madre de mirada horrorizada, a la nena y otra vez al perrito. Mi mirada debió ser lo suficientemente elocuente, porque siguió explicando. — No sé. Yo veo perros blancos o marrones. Chicos o grandes.  Pelo largo o pelo corto, pero ¿por adentro?&#8230; ¡nunca pensé de qué están rellenos los perros!      La profesión veterinaria nos acostumbra a tratar con todo tipo de gente,  uno puede esperar cualquier cosa.  Pero no de una psicóloga de treinta y pico de años que se las daba de culta. Reconozco que perdí los estribos.   — ¡¿Cómo rellenos?! ¡¿Cómo rellenos?!—repetí  en voz cada vez más alta— ¿Que creías, que había de humita o de  jamón y queso? ¡Que son empanadas! ¡Son seres vivos, igual que vos! Tienen hígado, pulmones, corazón, todo&#8230;lo mismo que vos&#8230; ¡Sólo que más cerebro!]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2016/03/Sin-título-22-150x150.png" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Sin título 2" style="margin-bottom: 15px;" /></div><p><span class="capitular">T</span>odo empezó como una consulta común.  Yo todavía conservaba una gran dosis de ingenuidad. Llegaron una nena y su mamá, con un adorable pomponcito gris y blanco: un cachorrito de siberiano de un mes de vida,  que todavía no tenía nombre.   Venían buscando un asesoramiento integral, ya que nunca habían tenido un perro: yo apreciaba a esos dueños que se informaban antes de meter la pata.  Durante la conversación me enteré que el cachorro había sido regalado a la chiquita por el padre, recién separado de la mamá.  La señora no estaba muy convencida de  aceptarlo.  Argumentaba que todo el trabajo y responsabilidad recaería sobre ella. Y con razón, una nena de cinco años no está en condiciones de hacerse cargo de un cachorro. <span class="resaltado"> Pero como amante de los animales, le expliqué a esa mamá, moderna, bien vestida  y psicóloga,  que la experiencia de crecer junto a un perro, sería imborrable para la nena.  </span>  Avanzando en mis consejos sobre los cuidados del perrito, me preguntó si iba a crecer más.</p>
<p>Eso debió haberme alertado, pero lo pasé por alto.  — Por supuesto  — le respondí— ¡este es un bebé! Crecerá hasta tener el tamaño propio de un siberiano adulto. Los habrás visto por la calle… Imposible que no hubiera visto a un Siberian Husky caminando por  Buenos Aires en aquellos días;  la raza estaba  muy de moda  gracias a sus increíbles ojos celestes.      —No. No los conozco, no les presto atención. Yo ni miro a los perros.</p>
<p><span style="font-weight: 400;">   </span> Empecé a entender que de verdad,  no le gustaban los animales. Pero como la mayoría  sucumbe a los encantos de un cachorro, hubiera apostado que esa joven mamá, no querría apenar más a su nena y pasaría por alto las molestias de los primeros tiempos.   Siguiendo con las recomendaciones acerca de la desparasitaciones, mencioné la palabra intestino&#8230;   — ¿Cómo? ¿tienen intestino los perros? —me interrogó, asombrada.    Yo creí que era un chiste.  Levanté la vista desde el cachorro a la madre de mirada horrorizada, a la nena y otra vez al perrito. Mi mirada debió ser lo suficientemente elocuente, porque siguió explicando. — No sé. Yo veo perros blancos o marrones. Chicos o grandes.  Pelo largo o pelo corto, pero ¿por adentro?&#8230; ¡nunca pensé de qué están rellenos los perros!</p>
<p><span style="font-weight: 400;">    </span> La profesión veterinaria nos acostumbra a tratar con todo tipo de gente,  uno puede esperar cualquier cosa.  Pero no de una psicóloga de treinta y pico de años que se las daba de culta. Reconozco que perdí los estribos.   — ¡¿Cómo rellenos?! ¡¿Cómo rellenos?!—repetí  en voz cada vez más alta— ¿Que creías, que había de humita o de  jamón y queso? ¡Que son empanadas! ¡Son seres vivos, igual que vos! Tienen hígado, pulmones, corazón, todo&#8230;lo mismo que vos&#8230; ¡Sólo que más cerebro!</p>
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		<title>Gato encerrado</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Dec 2015 12:00:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Susana cavallero]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Doc's]]></category>
		<category><![CDATA[nro. 7]]></category>
		<category><![CDATA[consultorio veterinario]]></category>
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		<category><![CDATA[gatos]]></category>
		<category><![CDATA[historias de consultorio]]></category>
		<category><![CDATA[Susana Cavallero]]></category>

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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2015/12/slide_historias-de-consultorio-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="slide_historias de consultorio" style="margin-bottom: 15px;" /></div>En bata, pantuflas y con un toallón mojado en la cabeza, “la Colorada” irrumpió en el consultorio. “La Colorada” era una vecina nueva, grandota, pecosa, con ojos dorados y pelo naranja. — ¡Venga rápido, doc. ! — Me gritó, y mientras me sacaba a los empujones, explicó — Un coche agarró a un gato.Si un gato no se va corriendo del lugar del accidente, es porque la cosa es grave, pensé. A mitad de cuadra me hizo entrar al edificio nuevo, donde ella vivía.En la cochera, unas diez personas rodeaban a un Fiat blanco con el capot abierto. Unos maullidos lastimeros se mezclaban con sonoras palabrotas. El grupo de vecinos se abrió en dos y me permitió llegar, los maullidos provenían de las profundidades del motor. En un instante me di cuenta de lo ocurrido: los gatos buscan el calor de los motores recién apagados; pasan la noche y se van temprano. Pero ese día, cuando el conductor puso al auto en marcha, alguna parte del motor atrapó al gato, inmovilizándolo, antes de que pudiera escapar. Imaginé el sobresalto del hombre que, al escuchar el grito, había atinado a detener el motor, pero al abrir el capot y comprender que el gato no salía porque no podía zafarse, estalló.— ¡Saquen a este gato de acá! ¡Y justo hoy que tengo una entrevista en el centro! — aulló de impotencia. Era sábado y era enero, así que se aprovechaba para dormir un poco más. Muchos bajaron en pijama o a medio vestir. Varios hombres se rascaban la cabeza mirando el interior del motor, mientras que las mujeres se compadecían del gato. El animalito, con los ojos desorbitados pataleaba en 360 grados como un ventilador enloquecido. Yo informé al grupo que lo primero sería sedarlo y después veríamos cómo se podía hacer para liberarlo. En un segundo ya lo había inyectado y pudimos entender el problema: una correa de goma gruesa había tomado un pellizco como de diez centímetros de la piel de la espalda y la tenía apresada en la corredera de una rueda. Ahora el gato blanco y negro colgaba fláccido, retenido entre la goma y el metal.— ¡Usted! ¡Saquemé de ahí a ese gato de miércoles, qué son las nueve y ya no llego!— me ordenó el del auto, cada vez más desesperado. — Hay que cortar la correa, hace falta un alicategrande, de taller— expliqué— ¿Está loca? ¡Corte al gato!—sugirió a los gritos el dueño del auto —Tengo que irme ahora mismo.— ¿¡Cómo voy a cortar al gato pudiendo cortar una goma!? Hay que llamar a un mecánico.— ¡Qué animal!— ¡Es un sádico, habría que cortarlo a él! — ¿Querés ver sangre?&#8230; ¡vení que yo te fajo!— ¡Tómese un taxi Balboa, el consorcio se lo paga y nosotros nos ocupamos del auto, después le pasamos la cuenta del mecánico! —fue lo más sensato que propuso otro vecino.— ¡Qué cuenta, salame! ¡Tenés idea de lo que sale esa correa! — argumentó Balboa, cada vez más furioso —. ¡Y ni loco dejo el auto en manos de una manga de cretinos como ustedes!— ¿¡A quién le decís cretino, cobarde!? — ¡Con razón te dejó tu mujer y ahora te tenés que lavar los calzones! Cuando todos pensábamos que se venían las piñas, apareció al trotecito un mecánico que había ido a buscar La Colorada. En menos de lo que se los cuento cortó la correa con una tenaza de brazos largos, yo tomé al gato herido y mientras reemplazaban la correa, lo revisé sobre otro auto: era una gatita, tenía un corte feo y desgarrado pero no muy profundo, sólo en la piel. Casi no sangraba.Unos puntos de sutura y estaría bien. Balboa, a unos metros, hablaba por el celular a los gritos, se pasaba las manos por la cabeza, despeinándose y estaba rojo como una remolacha, con aureolas de sudor en varias partes de la camisa. El pobre hombre la estaba pasando mal.-— ¡Inútil!— me gritó cuando lo miré. — ¡No le haga caso, doctora, usted cure a la gata que yo me hago cargo! — me consoló La Colorada a quien ya se le había secado el pelo. Con la bata y la toalla en el cuello, parecía un boxeador. Después del caos, el asunto quedó resuelto: la gatita sedada y suturada quedaría en la cochera, al cuidado del portero. El consorcio pagaría mis honorarios y los medicamentos. De pronto, todos quisieron colaborar, aparecieron una manta y un platito con leche para cuando se despertara. Decidieron conservarla para ahuyentar a las lauchas y la bautizaron “Duna”, por la marca del auto. ¡Imaginé la gracia que le iba a causar el nombre a Balboa! Mientras el auto, liberado, salía a toda velocidad despidiendo piedritas grises con las ruedas traseras. Vaya a saber en venganza por cuáles otros asuntos internos, Balboa fue sentenciado a hacerse cargo de la gata. Lo veía pasar frente a la veterinaria con sachets de leche y alimento para gatos. Me lanzaba miradas furiosas. Con el tiempo, sucedió lo impensable: Balboa se encariñó con Duna y la subió a su departamento de hombre solo.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2015/12/slide_historias-de-consultorio-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="slide_historias de consultorio" style="margin-bottom: 15px;" /></div><p><span class="capitular">E</span>n bata, pantuflas y con un toallón mojado en la cabeza, “la Colorada” irrumpió en el consultorio. “La Colorada” era una vecina nueva, grandota, pecosa, con ojos dorados y pelo naranja. — ¡Venga rápido, doc. ! — Me gritó, y mientras me sacaba a los empujones, explicó — Un coche agarró a un gato.Si un gato no se va corriendo del lugar del accidente, es porque la cosa es grave, pensé. A mitad de cuadra me hizo entrar al edificio nuevo, donde ella vivía.En la cochera, unas diez personas rodeaban a un Fiat blanco con el capot abierto. Unos maullidos lastimeros se mezclaban con sonoras palabrotas. El grupo de vecinos se abrió en dos y me permitió llegar, los maullidos provenían de las profundidades del motor. En un instante me di cuenta de lo ocurrido: los gatos buscan el calor de los motores recién apagados; pasan la noche y se van temprano. Pero ese día, cuando el conductor puso al auto en marcha, alguna parte del motor atrapó al gato, inmovilizándolo, antes de que pudiera escapar. Imaginé el sobresalto del hombre que, al escuchar el grito, había atinado a detener el motor, pero al abrir el capot y comprender que el gato no salía porque no podía zafarse, estalló.— ¡Saquen a este gato de acá! ¡Y justo hoy que tengo una entrevista en el centro! — aulló de impotencia.</p>
<p>Era sábado y era enero, así que se aprovechaba para dormir un poco más. Muchos bajaron en pijama o a medio vestir. Varios hombres se rascaban la cabeza mirando el interior del motor, mientras que las mujeres se compadecían del gato. El animalito, con los ojos desorbitados pataleaba en 360 grados como un ventilador enloquecido. Yo informé al grupo que lo primero sería sedarlo y después veríamos cómo se podía hacer para liberarlo. En un segundo ya lo había inyectado y pudimos entender el problema: una correa de goma gruesa había tomado un pellizco como de diez centímetros de la piel de la espalda y la tenía apresada en la corredera de una rueda.</p>
<p>Ahora el gato blanco y negro colgaba fláccido, retenido entre la goma y el metal.— ¡Usted! ¡Saquemé de ahí a ese gato de miércoles, qué son las nueve y ya no llego!— me ordenó el del auto, cada vez más desesperado. — Hay que cortar la correa, hace falta un alicategrande, de taller— expliqué— ¿Está loca? ¡Corte al gato!—sugirió a los gritos el dueño del auto —Tengo que irme ahora mismo.— ¿¡Cómo voy a cortar al gato pudiendo cortar una goma!? Hay que llamar a un mecánico.— ¡Qué animal!— ¡Es un sádico, habría que cortarlo a él! — ¿Querés ver sangre?&#8230; ¡vení que yo te fajo!— ¡Tómese un taxi Balboa, el consorcio se lo paga y nosotros nos ocupamos del auto, después le pasamos la cuenta del mecánico! —fue lo más sensato que propuso otro vecino.— ¡Qué cuenta, salame! ¡Tenés idea de lo que sale esa correa! — argumentó Balboa, cada vez más furioso —. ¡Y ni loco dejo el auto en manos de una manga de cretinos como ustedes!— ¿¡A quién le decís cretino, cobarde!? — ¡Con razón te dejó tu mujer y ahora te tenés que lavar los calzones!</p>
<p>Cuando todos pensábamos que se venían las piñas, apareció al trotecito un mecánico que había ido a buscar La Colorada. En menos de lo que se los cuento cortó la correa con una tenaza de brazos largos, yo tomé al gato herido y mientras reemplazaban la correa, lo revisé sobre otro auto: era una gatita, tenía un corte feo y desgarrado pero no muy profundo, sólo en la piel. Casi no sangraba.Unos puntos de sutura y estaría bien.</p>
<p>Balboa, a unos metros, hablaba por el celular a los gritos, se pasaba las manos por la cabeza, despeinándose y estaba rojo como una remolacha, con aureolas de sudor en varias partes de la camisa. El pobre hombre la estaba pasando mal.-— ¡Inútil!— me gritó cuando lo miré.<br />
— ¡No le haga caso, doctora, usted cure a la gata que yo me hago cargo! — me consoló La Colorada a quien ya se le había secado el pelo. Con la bata y la toalla en el cuello, parecía un boxeador.</p>
<p>Después del caos, el asunto quedó resuelto: la gatita sedada y suturada quedaría en la cochera, al cuidado del portero. El consorcio pagaría mis honorarios y los medicamentos. De pronto, todos quisieron colaborar, aparecieron una manta y un platito con leche para cuando se despertara. Decidieron conservarla para ahuyentar a las lauchas y la bautizaron “Duna”, por la marca del auto.</p>
<p>¡Imaginé la gracia que le iba a causar el nombre a Balboa! Mientras el auto, liberado, salía a toda velocidad despidiendo piedritas grises con las ruedas traseras.<br />
Vaya a saber en venganza por cuáles otros asuntos internos, Balboa fue sentenciado a hacerse cargo de la gata. Lo veía pasar frente a la veterinaria con sachets de leche y alimento para gatos. Me lanzaba miradas furiosas.</p>
<div class="pie"><span class="resaltado">Con el tiempo, sucedió lo impensable: Balboa se encariñó con Duna y la subió a su departamento de hombre solo.</span></div>
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		<title>Historias de Consultorio</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Sep 2015 13:00:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Susana cavallero]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2015/09/slide_historia-de-consultorio-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="slide_historia de consultorio" style="margin-bottom: 15px;" /></div>“Cubitos de hielo” Payaso era un  Setter Irlandés paciente mío desde hacía mucho y  muy mimado por sus dueños. Se había ganado ese nombre por el temperamento vivaracho y  la expresión juguetona y feliz que había demostrado desde cachorro: “-No sabemos de qué estará tan contento”-, decían sus dueños a menudo.  Debido a sus catorce años, tenía bastantes achaques que sobrellevaba bien gracias a los cuidados que recibía. Ni siquiera tenía canas en el hocico: -“es un jovato bien mantenido-”, decían los chicos de la casa, ya convertidos en jóvenes que habían crecido con Payaso como compañero de juegos. El movimiento de la cola era constante y enérgico. Muchas veces bromeamos acerca de usarla para obtener energía: “Con un dínamo, éste te mantiene la casa hasta con el aire acondicionado prendido”sombríos, pero antes de alarmar a los dueños, decidí hacerle otros estudios … A último momento tuve un toque de intuición y  arriesgué: — ¿Seguros que no comió nada más que  hielo? — ¿Hielo? ¿Qué hielo? Le dimos los cubitos como nos dijo usted ¡Y cómo le gustaron! Tuvimos que salir a comprar más. Más de veinte se comió, de cuatro quesos, de crema y verdeo, de panceta y jamón, … &#160; M.V. Susana B. Cavallero daktari.susana@gmail.com _________ ¿Querés seguir leyendo la revista? Hacé click aquí y disfrutá de Urban Pets Mag #6  ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div><img width="150" height="150" src="https://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2015/09/slide_historia-de-consultorio-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="slide_historia de consultorio" style="margin-bottom: 15px;" /></div><div class="copete">“Cubitos de hielo”</div>
<p><span class="capitular">P</span>ayaso era un  Setter Irlandés paciente mío desde hacía mucho y  muy mimado por sus dueños. Se había ganado ese nombre por el temperamento vivaracho y  la expresión juguetona y feliz que había demostrado desde cachorro: “-No sabemos de qué estará tan contento”-, decían sus dueños a menudo.  Debido a sus catorce años, tenía bastantes achaques que sobrellevaba bien gracias a los cuidados que recibía. Ni siquiera tenía canas en el hocico: -“es un jovato bien mantenido-”, decían los chicos de la casa, ya convertidos en jóvenes que habían crecido con Payaso como compañero de juegos. El movimiento de la cola era constante y enérgico. Muchas veces bromeamos acerca de usarla para obtener energía: “Con un dínamo, éste te mantiene la casa hasta con el aire acondicionado prendido”sombríos, pero antes de alarmar a los dueños, decidí hacerle otros estudios … A último momento tuve un toque de intuición y  arriesgué:<br />
— ¿Seguros que no comió nada más que  hielo?<br />
— ¿Hielo? ¿Qué hielo? Le dimos los cubitos como nos dijo usted ¡Y cómo le gustaron! Tuvimos que salir a comprar más. Más de veinte se comió, de cuatro quesos, de crema y verdeo, de panceta y jamón, …</p>
<p>&nbsp;</p>
<div class="autor">M.V. Susana B. Cavallero</div>
<div class="autor">daktari.susana@gmail.com</div>
<div class="autor">
<div class="p1" style="font-weight: bold; font-style: italic; color: #86418e;">
<div class="p1" style="font-weight: bold; font-style: italic; color: #86418e;">_________</div>
<div class="pie" style="font-weight: bold; font-style: italic; color: #86418e;"><a href="http://upets.com.ar/site/nuestras-ediciones/" target="_blank"><img class="alignleft" src="http://upets.com.ar/site/wp-content/uploads/2014/04/logo-upets-chica.png" alt="logo-upets-chica" width="47" height="47" /></a><a href="http://upets.com.ar/site/nuestras-ediciones/" target="_blank"><span class="resaltado capitular">¿Querés seguir leyendo la revista?</span><span class="resaltado"><br />
Hacé click aquí y disfrutá de Urban Pets Mag #</span></a><span class="resaltado">6</span></div>
<p><span class="resaltado"> </span></p>
</div>
</div>
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